En
el trabajo anterior, ante la pregunta: ¿Cuál es el compromiso mayor
que tiene que interpretar la universidad hoy en día?, la respuesta
que encontré más acertada, fue la de enseñar a pensar, no “qué”
pensar (enseñar
“qué” pensar es propio de un sistema tiránico);
a concebir ideas propias, dejando de lado las concepciones
equivocadas, que en la mayoría de las ocasiones no se ajustan a
nuestra realidad como paraguayos.
Consideré
que el compromiso mayor de la universidad hoy en día consiste en
ayudar a la revolución mental de los jóvenes, trayendo esa
revolución la capacidad de desafiar al sistema y con ello ayudar a
un devenir más acorde al sentimiento de superación y bienestar que
tenemos todos.
En
las universidades de hoy, en vez de permitir a los alumnos crecer y
concebir ideas propias, o por lo menos criticar y comprender las
ideas esbozadas por otros, se los estructuraliza,
se los encuadra dentro de lo que
debe ser, o de lo que deben
aprender de la materia, no
importando nada más que eso, dejando a los alumnos a la deriva en
cuanto a demás conocimientos. En gran medida, la responsabilidad de
tamaña aberración recae de forma exclusiva en los profesores y en
la propia Universidad.
Ahora
bien, ¿están los profesores universitarios preparados para tomar el
rol que hoy le impone la historia, la necesidad de sacar a un país
adelante, cultivando la mente de un joven con ideas revolucionarias,
propias y puras?
Sin
dudas la respuesta es monosilábica, NO!
Entonces,
¿cómo pensar siquiera en comenzar una revolución educativa a nivel
terciario, si la mayoría de los profesores quienes son los
encargados de cultivar las ideas revolucionarias no están
preparados?
¿Cómo
pretender sacar adelante a un país, sabiendo que el conocimiento es
el mayor commodity
a nivel mundial (2/3
de la riqueza a nivel mundial es hoy conocimiento),
si los profesores mismos no son capaces de ver más allá de los
conceptos propios de su materia, teniendo una miopía conceptual?
Al
plantearnos estas preguntas es sin duda donde nace la necesidad de
una AUTOCRITICA DOCENTE. La autocrítica entendida como la capacidad
de distinguir los propios defectos y de, enfrentándolos, proponerse
como fin último de la docencia, superarse a sí mismo, para que
éstos no se sigan repitiendo. Es la capacidad de auto evaluarse y de
ser sincero con uno mismo, admitiendo que nadie es superior a los
demás y que todos tenemos errores, imponerse y superar obstáculos
es donde radica el centro de la autocrítica y deseo de superación,
por lo que debemos esforzarnos para ser mejores y así, con la
autocrítica, se puede ir madurando cada día más.
Esa
capacidad de reconocer los errores, las falencias y de repararlos con
una constante educación, con autoevaluaciones, con autogestión, es
sin duda el inicio de la larga travesía por la que deben pasar los
profesores a fin de situarse en el lugar que hoy la historia les
impone.
No puede un educador universitario,
encargado de cultivar mentes lozanas, presentarse ante los jóvenes
con una clase rígida, estructurada, acartonada, limitada a conceptos
básicos de su materia, sin tomar importancia del vacío mental en el
que encuentran y probablemente estén dejando en sus alumnos.
Ahora
bien, una vez que tengamos a los profesores universitarios listos
para enfrentar el desafío de cultivar mentes jóvenes, una vez que
la AUTOCRÍTICA DOCENTE sea una constante en todas las universidades
del país y que se tenga zanjada esta deficiencia, nacen nuevas
interrogantes:
¿Qué
van a estudiar los jóvenes? ¿Cuáles deberían ser las carreras a
abrirse próximamente? ¿Cuáles son las carreras ya existentes que
necesitan una mayor inversión, intervención, infraestructura, mayor
ayuda con investigaciones científicas?
En
ese contexto de ideas, se gesta necesariamente la imperiosa necesidad
de tener UNIVERSIDADES CON MIRADAS MAS REALISTAS DE LA SOCIEDAD.
No
es un secreto que las universidades, a más de ser en su gran mayoría
elitistas, tienen una mirada hacia la sociedad que no se ajustan con
la nuestra realidad diaria.
Las
materias que se desarrollan en las aulas universitarias en su gran
mayoría son propias de otras épocas o de otras culturas que, al no
adecuarse a la nuestra, a nuestro tiempo, necesariamente devienen
inservibles, infecundas.
Si
desde la universidad no se otorga el apoyo, y no se gestiona la
creación de carreras que sean propias para el desarrollo nacional o
que estén dirigidas a ayudar al crecimiento de las industrias ya
establecidas en nuestro país, evidentemente se está dejando de lado
el enorme poder del conocimiento, que, en vez de ser aplicado a
nuestra realidad, en algunos casos simplemente se lo exporta.
La
universidad debe ser el lugar donde bullan las ideas, el semillero de
las élites que propongan soluciones razonables para los problemas de
siempre.
La
absoluta desconexión del mundo académico con el mundo real
convierte todo el proceso de la educación superior en un mero
trámite administrativo para la provisión de un certificado, que
apenas garantiza que su portador abonó en tiempo y forma todas sus
cuotas (Luis Bareiro,
Domingo 05
Agosto 2012, Blogs UltimaHora.com)
Si
la universidad no se enfoca en nuestra realidad social, teniendo una
idea conteste con lo que pasa día a día nuestro país, pasa de ser
un lugar donde pueden solucionarse nuestros problemas a ser, en
algunos casos, una simple productora de bienes para exportación, o
en su defecto, profesionales mediocres.
El
día en que la universidad tome en cuenta que el rol principal que
tienen que cumplirse en sus aulas es la revolución mental, la
capacidad de hacer nacer en los jóvenes las ideas propias, la
capacidad de la crítica constructiva, que tengan una visión más
realista de la sociedad, enfocando las carreras y las investigaciones
científicas hacia la solución de problemas cotidianos y nuestros, y
que los profesores universitarios tengan la autocrítica docente como
una constante mínima para poder cultivar mentes fértiles, recién
ese día podremos señalar como el inicio de la revolución educativa
en Paraguay.
Revolución
educativa que no solo se hace necesaria, sino que se constituye en el
único camino a seguir para construir un país pujante, con visión
de futuro, el país en el que nos merecemos vivir.
Sin
embargo, debemos ser conscientes que este proceso de revolución
educativa será un proceso de mediano plazo, debiendo desde ahora
imponerse, tanto desde el Estado, como desde las propias cúpulas
universitarias, las políticas educativas necesarias que propicien la
investigación científica para la solución de problemas cotidianos,
apoyados por una fuerte inversión económica.
Guillermo
González Groff
CI
3.276.096
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